De esas cenizas, fénix nuevo espera;

Mas con tus labios quedn vergonzosos
(que no compiten flores a rubíes)
y pálidos, después, de temerosos.

Y cuando con relámpagos te ríes,
de púrpura, cobardes, si ambiciosos,
marchitan sus blasones carmesíes.


Francisco de Quevedo


lunes, 7 de octubre de 2019

La Sombra del Leviatán - Novela Steampunk




Prólogo: Hijos del Trueno




Saturno 29, 1857, Ashbury
En la taberna Solomon Doone

— ¡Largo de aquí, Ahab! — El orco apuntaba justo a la cabeza del marinero, esperando que el disparo no llenara de sangre la mesa donde el aludido se encontraba sentado, bebiendo una cerveza. — ¡Y llévate tu dinero! — El tal Ahab dio un trago más, el orco amartilló el revólver, el hombre se levantó tranquilamente, se colocó su sombrero de copa, guantes, gafas de protección, tomó su bastón y salió. Pasaron unos segundos tensos, en los que Mugol Gal’loth siguió apuntando hacia la entrada de la taberna, inhaló profundamente, descargó la pistola y suspiró de alivio. Sabía que Ahab no se iría así nada más, pero el peligro inmediato había pasado. Daban apenas las diez de la noche, pero las nubes que se arremolinaban sobre la ciudad espantaban incluso a sus clientes más asiduos, y sólo el grupo de imbéciles que llegó con el marinero se atrevió a desafiar a la tormenta; al menos, hasta que comenzó a caer la lluvia más ligera a las nueve de la noche. Casi todos se fueron, menos Ahab, un par de enanos que iban con él, y un troll. Miserable sabandija, pensó. Desde la primera vez que lo vio, Ahab le había dado mala espina. Era de esos lobos de mar, casi todos medios orcos, que iban de puerto en puerto y de taberna en taberna, haciéndose de una dama deplorable y bebiendo toneles de cerveza a su paso. Aunque no le incomodaba las primeras veces que lo vio, eso cambió cuando se dio cuenta de que estaba intentando seducir a su hija, y estaba claro que no era uno más de los comensales y borrachos que se juntaban en la Solomon Doone. Pese a sus advertencias, su hija lo ignoró y terminó teniendo dos hijos suyos, Edmund primero y luego Edward. Lo que ella no sabía es que éste sería lo último que verían sus ojos.

La taberna era un viejo vagón de tren que él y su esposa Na’gar, habían adaptado como bar en 1820 y que, con el paso de los ciclos, se fue llenando de piezas de un mundo que iba cambiando, se expandió con varios vagones más y con engranes que permitían mover mesas y reacomodar toda la estancia de manera rápida y eficiente. El ancla que colgaron del techo y luego cablearon para que pudiera sostener las bombillas que iluminaban la noche se las había regalado uno de tantos marineros, y más de un timón enmohecido se usaba como mesa en la Solomon, cuyo nombre, por cierto, fue el del capitán que se decía brujo que les regaló el primer vagón. La entrada era un amplio portón que sustituyó pronto a las puertas de madera de vaivén que poseía anteriormente, y una cerradura de metal trababa las puertas no sólo de arriba hacia abajo, sino también de un lado hacia otro, y cada una de las dos láminas que formaban la puerta tenía una puertecita para ver quién andaba afuera. Justo después estaban las mesas, una colección de quince timones barnizados y ajustados con vidrio y madera para formar mesas. Los asientos fueron llegando poco a poco, piezas de trenes inservibles o barriles que ya no servían para los barcos; en total, podrían tener hasta sesenta personas a pie dentro de la taberna, y en las mejores noches, Mug recordaba haber contado cerca del centenar. Carraspeó, escupió la flema en el tarro de cerveza de Ahab, y cerró la puerta. Avanzó hasta la barra; detrás de ésta había una cocina donde preparaban platillos de wargo, ballena, tiburón y delfín, y a veces, cuando los trolls se portaban generosos, también tenían filetes de mamut entre sus haberes. Del lado izquierdo había una escalinata de madera de Kemet, los árboles negros del bosque de los elfos, y ésta llevaba a un cuarto que se había transformado en su hogar desde hacía casi treinta ciclos. Al principio, su esposa y él querían mantener el negocio y la familia aparte, pero al final les resultó más práctico quedarse a vivir ahí y adoptar a Alexei para que los ayudara.
    Ya se fue el bastardo — dijo sin mucha ceremonia y se sentó en la mesa del centro del salón. Detrás de las cortinas apareció su esposa, seguida del muchacho humano que les ayudaba a hacer el quehacer.
    ¿Qué quería? — preguntó Na’gar, en un tono que Mug sabía era más bien reclamo.
    A su hijo.
    ¿Sólo a uno?
    Ni siquiera sabe de Edward.
    Dile que se los lleve a los dos.
    No seas idiota. Esos niños se quedan aquí. — Supo que su tono no le había agradado nada a su mujer sólo con ver cómo se entreabría su boca, y asumió que debía explicarse. — No serán orcos puros, pero a ella…
    Lo sé. — dijo Na’gar. Hubo un instante de silencio, en el que ella jaló un banco de metal y se sentó al lado de su esposo.
    Lo siento, Gar. Es sólo que la taberna y el mar y los barcos… y ahora son dos niños. Todo sería más fácil si su madre estuviera aquí.
    Llorarla no nos sirve de nada, Mug. Yo también la quería, pero si Edward se la llevó para poder llegar, nosotros no podemos hacer nada al respecto.
    Mira — dijo Mugol — ¿Por qué no te quedas tú a atender la taberna? Habrá tormenta pronto y no creo que nadie venga, pero nunca falta. Yo iré con el bebé.
    Se acaba de dormir.
    Llámame si necesitas algo, ¿de acuerdo? Dejé el arma en la barra. No creo que la necesites, pero ahí está. ¡Alexei! — añadió — Esta noche llueve, quédate a dormir con nosotros, mañana te vas al Jabalí. Te encargo que limpies el cuarto de ella. — El mozalbete salió corriendo de la cocina y subió a las habitaciones mucho antes que él.

Dejó atrás el comedor, pasó la barra y comenzó a subir. La tarde había sido agitada, pero no más de lo normal y, aun así, Mugol se sentía cansado. Todo es por ese imbécil de Ahab, pensó. Pero también es mi culpa. No supe defenderla. Perdí a mi hija, y aunque ahora tengo dos nietos, nada me la va a devolver. Fui un mal padre. Abrió la puerta de la recámara donde estaban los niños, y que antes perteneciera a Mag’kar, su hija. Pasó la mano sobre las cunas de madera de roble, donde ambos bebés dormían en calma. Edmund había nacido apenas hacía ciclo y medio, en el 55, y Edward acababa de nacer la noche anterior. El tenue resplandor de la lámpara eléctrica y el zumbido de los cables parecían haberlos arrullado. Un nacimiento y una muerte. Sentía algo de odio, pero no realmente; no fue el bebé, sino el papá, el responsable de la muerte de Mag. El único que merecía morir era el maldito Ahab. Los Guardianes deben tener grandes planes para él; nadie más sobrevivió al Essex. Sobre la mesita, que usó su hija por última vez hacía apenas unas horas, estaban todas las cartas que había recibido de Ahab, y que ella misma le pidió que quemara. Sería más fácil si tuviéramos una chimenea, y no necesitaríamos tantas malditas cobijas. Salió del cuarto con las cartas en la mano, se asomó a la recámara de Alexei y vio que dormía, llegó a la estancia donde compartía la cama con su esposa desde hacía ya más de dos décadas, abrió la ventana y las arrojó. La brisa ligera de esa noche estaba cargada con gotas minúsculas, un anuncio de las tormentas invernales que vendrían tarde o temprano. Después de todo era Saturno, y la Estación del Viento no tardaría mucho en acabar. Pronto vendrá la Estación del Agua, las posadas se llenarán de viajeros y los barcos estarán estancados en los puertos. Es bueno para nosotros como negocio, pero uno se harta de las mismas caras siempre. Llegamos aquí porque decían que Ashbury era un pueblo cálido en medio del Mare Nostrum, pero resultó ser una isla gris con poca gente, más chica incluso que Nantucket y menos experimentada en el mar. Una luz apareció en la distancia, cerca de las torres de dirigibles que se habían levantado por todo Hiva. Un viajero que acaba de llegar. Lo único que le agradaba de Ashbury era que nada pasaba sin que otros se enteraran, aunque desde que se establecieron los aeróstatos como naves de transporte y de comercio, eso había cambiado. Todo era más mecánico, más aceitoso pensaba él, y estaba tan perdido en sus pensamientos que apenas escuchó los golpes. El bebé lloró y él volvió a la realidad justo a tiempo para escuchar la poderosa voz de un borracho, un grito, un par de balazos. Bajó los escalones de tres en tres. Na’gar yacía en el suelo con una flor de sangre brotándole en el pecho, la cerradura de la taberna reventada y la pesada puerta abierta de par en par. La había abierto un troll. El desgraciado trajo un troll.

    Le di, Mug. — dijo la orca cuando vio acercarse a su marido. — No lo maté, pero cojeará el resto de su vida. — Un relámpago iluminó la sala, y Mug podría haber jurado que la vio sonreír.
    ¡Espera! ¡Espera! ¡No te puedes ir así! — Mug corría de una mesa a otra, buscando algo con lo que contener la hemorragia. Empapó un trapo con ron y lo puso en el pecho de su esposa. — No tú. No ahora. — Las lágrimas empezaron a correr por su mejilla. — No te vayas. — dijo una vez más, mientras la sangre manchaba el pedazo de tela que intentaba contener la vida de su mujer.
    Cuídalos, Mug. Serás un buen abuelo.
    ¡Espera, iré por los gnomos! ¡Ellos te pueden curar!
    No. No vas a llegar, y no puedes dejarlos solos. — Inhaló, pero era evidente que la herida la estaba desgarrando por dentro. — Mejor quédate aquí.
    ¿Y nuestro viaje a Londres? ¿Y la visita a Enyai-Narok?
    Siempre iré contigo, Mug. — Hizo una pausa. Afuera tronaban ya los primeros relámpagos y los bebés lloraban cada vez más fuerte. — Ve, te necesitan.
    No te vayas. — Mug presionó más fuerte aún el pecho de Na’gar. — No te vayas, no te vayas, no te vayas.

La tormenta de afuera repitió la súplica de Mugol Gal’loth en cada una de sus gotas, despertó a Alexei y cuidó a los bebés; el ruego del viejo orco se elevó una y otra vez al cielo coloreado por las luces de los dirigibles que llegaron de emergencia a Ashbury, hasta que ésta perdió sentido. No supo a qué hora se quedó dormido, pero cuando despertó, hacía mucho que su esposa había muerto.

jueves, 1 de agosto de 2019

Quizás lo reedite como algo de los elfos

No hago este post para ustedes. No esta vez. Esta vez lo hago para mí, para organizar mis ideas y porque, a veces, uno necesita recordarse el camino recorrido para no ceder. En quince años que llevo escribiendo, diez los dediqué a poesía, y sólo durante los últimos tres he escrito narrativa. En tres años, son nueve libros: Necromancia, Cuentos 1, Cuentos 2, Los Muros de la Academia, La Grieta, Novarii, El Gólem, La Sombra del Leviatán y muy pronto, Thelema Blue.

Creé Úrim como respuesta a que mi necesidad creativa superaba por mucho lo que podía hacer con la poesía; no como escape, sino porque sentía que, por mucho que escribiera, jamás dejarían de nacer y hacerse más grandes mis historias. Desde entonces, no hay día que no le haya dedicado a crecerlo, y todas las ramas de este enorme árbol que tengo entre libretas, se unen a él. Incluso Wanderers, mis novelas de ciencia ficción, se unen en algún momento con Úrim. Tengo tablas a medias, líneas de tiempo, familias, clanes, logos, alquimia, hechizos, y a veces siento que el trabajo me gana; que la vida allá afuera de esto que está en mi mente me va a consumir.

Hace días que terminé mi noveno libro, poco antes de ver a mi bebé por última vez. Mi esposa vive en Guadalajara y yo en Aguascalientes, y cada vez que se van, o que yo voy y tengo que regresar, muero un poco. Ellas están a punto de venirse a vivir acá conmigo, y yo no tengo ni casa ni dinero, y el trabajo apremia.

Escribo este párrafo de introducción porque, a pesar de las alegrías que me dan, de que me repito constantemente que mis libros, algún día, podrán darme un poco de sustento para mi familia, la verdad es que estoy desesperado. Mis alumnos me agradecen lo poco que puedo compartirles de mi conocimiento, mis padres me apoyan, y la alegría que me dan mi esposa y mi bebé me mantienen en pie, pero son más las horas de soledad y de nada, de esperar que algún día alguna de las muchas editoriales a las que he mandado mis escritos me respondan, que alguien algún día diga que acá en México los libros sí son una apuesta viable, que se puede hacer vida y carrera, y nomás nada llega. Le he dedicado casi quince años a escribir, y pese a que no me arrepiento de mi elección, necesito dinero.

A veces siento que me voy a volver loco, y que todo cuanto escribo son sólo necedades, y escucho la voz de mi padre diciéndome que me iba a morir de hambre.

A veces me siento solo, y sólo me guían los recuerdos de la risa de mi bebé.

Hoy terminé "La Sombra del Leviatán", un barco de guerra que flota sobre el mundo y que fue capturado por los piratas. Una parte de mí quiere publicarlo gratis, como Los Muros, otra quiere mandarlo a concurso en Editorial Minotauro, y una más quiere esperar, a ver qué pasa. A ver si los concursos de este año me favorecen. Y es que en la escritura, como en muchas otras cosas, supongo es así. Uno hace y dispone, y los vientos del mundo deciden a dónde van a llevar las hojas que uno escribió. Pirocromo, Quinta Raza, la Antología Dragón. Todas esas son revistas y publicaciones que confiaron en mí, que avalan mis textos y mi carrera, y de todos modos, no me basta para darles de comer a los míos. Pese a mi trabajo, me siento un fracaso. Mis amigos me dicen que todo pasará, y lo sé; la cosa es que no sé cuándo, ni cómo, ni si ese pasar será una transición a algo mejor, o si, agotadas ya las cartas del destino, me llevarán a despeñarme y caer en un foso donde ni siquiera todo el amor y la paciencia de mi esposa, me pueda ayudar.

A uno le dicen que no se rinda. Sigo escribiendo. Quiero entrar a los premios Gandalf, y escribo sobre enanos y reyes, y tengo algunos proyectos más en la puerta. Thelema Blue, que está a medias. Las Guerras Troll, que también están a medias. Charlot Dell, La Caída de Bael-Ungor, La Sangre de Mictlán. Y luego las demás eras de Úrim. No me preocupa, ni me abruma, ni temo la cantidad de trabajo que tengo enfrente; lo que me da miedo, auténtico pavor, es que no sirva de nada, como hasta ahora.

Si alguien leyó esto, y aguantó hasta aquí, gracias. Necesitaba desahogarme. Y si entendió mi desesperación, sólo le pido que lea Los Muros de la Academia. Comparte, me ayuda mucho saber que, si no hago dinero, al menos mi mundo está vivo y latente allá afuera.

Aquí dejo las portadas de mis libros.









domingo, 7 de abril de 2019

Anuncios importantes, actualización del Blog y página de Wattpad

En estos meses que lleva inactivo el blog han pasado muchas cosas, dos de las más importantes fueron la boda con mi esposa y el nacimiento de Luna, mi bebé.

Quiero anunciar que TODA mi obra poética estará disponible a partir de la publicación de esta entrada en Wattpad, así como las obras de narrativa a las que me he dedicado desde hace tres años y medio. Si está abandonado el blog, será una cosa, pero la parte de creación no se ha detenido. Gracias por leerme y estar al pendiente; es probable que actualice esta página en décadas, considerando el estado actual.

lunes, 24 de diciembre de 2018

Los Cuentos de la Primera Era y Los Muros de la Academia estarán gratis en Amazon hoy y el 1ro de Enero de 2019.

miércoles, 28 de noviembre de 2018

Ẹja, el Poder de la Selva - Análisis de la Percepción de los Trolls - El Gran Vacío



ẹja, el poder de la selva
Análisis de la Percepción de los Trolls en el Continente de Úrim

Licenciado en Literatura, Lengua y Letras
Sergio de Medina y Marte
Tercera Sesión de la Academia, Toledo



Los Trolls son, sin duda, una de las razas más exitosas de Úrim. Su poderío no se limita sólo a lo físico, sino que también poseen tesoros intelectuales que no han sido debidamente explotados. El análisis a fondo de la postura de Úrim respecto a Thule permitirá identificar el racismo subyacente en las islas que forman el continente mayor, y cómo estas ideas arcaicas están frenando el conocimiento milenario de una raza que no se ha dejado dominar por nuestra cosmovisión.

Palabras clave: Trolls, Academia, Cuarta Era, Enyai-Narok, Racismo.


Introducción
La Academia Toledana se ha cerrado a la información que llega de las tierras de los enanos y del Imperio Orco. Los trolls avanzan y las viejas ciudades de Enyai-Narok y Alzagoth están mandando barcos a nuestro continente, confiados en que nuestras defensas no podrán detenerlos. Un trabajo como éste, un análisis sociológico de la raza guerrera de Thule, nos permitirá no sólo conocer al enemigo, sino también entender las justificaciones históricas, verdaderas o no, que los mueven, una vez más, al conflicto.

La sociedad troll ha recibido poca atención no sólo en las últimas décadas – algo que ya resulta, de por sí, preocupante – sino desde fines de la Tercera Era. Autores como Heródoto (89.II) o el orco Mal’kuth Golgoth (185.III) fueron los últimos en tratar a los habitantes de Thule, aunque en ambos casos, de manera poco objetiva. Los gnomos han tenido conflictos con ellos desde hace milenios, y los orcos, cegados por el poderío de la tribu Atai, los pintan siempre con una mezcla de alabanza y envidia. Sin embargo, ambos casos son la excepción: los trolls, al menos en la Academia, ni siquiera existen.

Hipótesis:
La historia troll se relegó en Úrim porque consideramos que el silencio es mejor defensa que el conocimiento y porque, en general, asumimos que los trolls son incapaces de pensamiento.

Preguntas de Investigación:
1.      ¿Por qué se han invisibilizado tanto los guerreros Atai-Ájok en los últimos ciclos?
2.      ¿A qué riesgos reales nos enfrentamos cuando nos enfrentamos a ellos?
3.      ¿Qué barreras hay en Enyai-Narok que no nos permiten acercarnos a los trolls?
4.      ¿Cuál es la actitud de los urímacos con respecto a Thule?

Para este trabajo se utilizaron los fragmentos de información que pude rescatar del libro La formación del Mundo (Anónimo, 25.IV), a Heródoto (89.II), Mal’kuth Golgoth (185.III) y el ensayo sociológico del Padre de la Academia, Snefru (1740.IV), titulado Fronteras del Mar y de la Guerra: La división perpetua entre Thule y Úrim. Se revisaron las cartas que mandó el capitán Lynch (1756.IV) a Enyai-Narok, cuando se restructuraron las rutas comerciales entre los continentes.

            La principal idea de Heródoto (89.II) es que los trolls y el resto de las razas de Úrim son incompatibles; una idea que se ha venido repitiendo, incesantemente, desde hace más de tres mil ciclos. Autores como Snefru (1740.IV) no sólo refuerzan la idea con sus tratados, sino que hacen cada vez más grande la brecha. Éste, en particular, nos dice que:

Los trolls no debieron llegar a Úrim. Durante mil ciclos han invadido la Costa de Marfil con la intención de restaurar lo que alguna vez fue la ciudad de Briyumba. No sólo eso; también el último bastión de los ja ha redoblado sus esfuerzos por conectar con los pantanos del Este. Y yo les digo, no debemos permitirlo. A pesar de los esfuerzos de Lynch en los últimos ciclos, la Academia se mantendrá firme en su guerra en el mar. Los Legatus orcos han hecho un excelente trabajo en la frontera occidental del Gran Mar Océano —algo que, de cierta manera paga el error del infame Yog-Murosh—, y con apoyo de las fuerzas madrileñas y de Toledo, no debemos preocuparnos por una nueva invasión troll en muchas décadas. (p.51).

La postura de Snefru, por cierto, no es extraordinaria. En muchos de los textos producidos por la Tercera Corte de la Academia, la actitud general hacia el pueblo del Este es la misma. Gnomos, humanos, elfos, orcos, todos parecen repetir la misma idea una y otra vez. Los únicos que parecen tenerles algo de respeto dadas las circunstancias extraordinarias de la Segunda Era son los Enanos, y aún ellos no pueden evitar las palabras de desdén de vez en cuando. Y, como nos recuerda Mal’kuth Golgoth (185.III, p.40), hay razones históricas. La devastación de la Segunda Era, aunada a la fabricación de armas de guerra como los Escorpiones y los Oleópodos, así como la militarización constante durante la Tercera y principios de la Cuarta Era y las constantes batallas en el Mare Nostrum de Hiva, son resultado directo de una belicosidad desenfrenada. Algunos autores como Hernando de Córdoba (1627.IV, p.41-50) aseguran que la regeneración anormal de los trolls puede estar afectando su capacidad cognitiva: con un cuerpo que se cura de toda herida que se le haga y que, además, está privado de la luz solar natura, es lógico pensar que los cerebros de los trolls se quedan estancados en un estado primitivo muy similar al infantil. Este estado, sigue de Córdoba, explicaría por qué los trolls son incapaces de emociones complejas, como el amor, y por qué en Úrim no se conoce una sola pieza de literatura o ciencia proveniente de Enyai-Narok.

A pesar de tener tanta información en contra, — quiero aclarar que casi el 90% de la bibliografía anexada en este trabajo lo dice— hay un par de autores que no sólo dicen que estamos equivocados desde la concepción misma que tenemos de los trolls, sino que, además, es probable que sean culturalmente superiores a todos nosotros, incluyendo a los elfos (Odinsson, 15.III, p.140). Lo que busco con este trabajo es demostrar que Odinsson tenía algo de razón, y para ello intentaré unir los fragmentos de información que quedan desperdigados en las bibliotecas de Úrim. El único que ha hablado a favor de los trolls, gracias a una convivencia muy cercana con ellos, es el ya muy repudiado al-Sarrás (1816.IV, p.220), que asegura en el controversial libro Las Guerras Troll que nosotros somos los incapaces de entenderlos a ellos, y no al revés.

Úrim descubrió, no sin mucho dolor, que los trolls no son una raza débil. Desde la invasión en la Segunda Era hasta los más recientes conflictos en el Gran Mar Océano, pasando por la devastación de Ashbury en Hiva y las múltiples veces que los gnomos han solicitado refuerzos en Thule, está claro que la guerra está en las venas de estos seres. Los primeros registros decían de ellos que “[…] eran grandes, fuertes, y se transformaban en piedra con el sol. Venían corriendo y aullando, y ni nuestras máquinas de guerra ni nuestros soldados parecían capaces de ahuyentarlos (Al-Hayek, 71.II, p.37)”. A pesar de los esfuerzos conjuntos de nuestros antepasados, los eventos de las Dos Eras pasadas jugaron, de cierta manera, siempre a favor de las tribus Atai y Ájok, y la destrucción de Meberé, la ciudad-santuario de Thule sólo vino a empeorar las cosas. Perder un cúmulo social tan importante es difícil; la masacre de un centro religioso, político y cultural, es imperdonable. Y lo cierto es que la destrucción de la ciudad santa no sólo pasó desapercibida en la mayoría de Úrim; se sabe que, con la llegada de los Señores Dragones durante la Tercera Era, este acontecimiento, que debió haber cimbrado las raíces de la ciudad arbórea de Iunu-Ra no fue, siquiera, un tema político. La principal prueba de esto es que ni Ramsés IV (250.IV), que decía estar más o menos del lado de los trolls (p.16), ni el gran aliado de Enyai-Narok, el capitán granadino Nadir ibn-Betel (314.IV) reportaron el evento. Una omisión así de grande, desde mi punto de vista, responde a un problema mucho mayor, enraizado en la mente de los urímacos desde la destrucción de Kizad en la Segunda Era: los trolls, a pesar de su poderío y su figura erguida, sus dos piernas, pulgares y brazos, no se pueden, ni se deben, considerar humanoides[1] completos.

            Este prejuicio va más allá, sin embargo, de si se escribió un renglón o no sobre la masacre de Meberé — cosa que, por cierto, ya habla bastante. Lo que me llama la atención, como miembro honorario de la Academia, es que han sido la única raza a la que se le ha enfrentado con los dragones con completa alevosía. Nadie, ni siquiera en la Tercera Era, cuando los Coatliquetzales de los tenochcas se rebelaron, ni cuando se descubrieron las horribles consecuencias de extraer la esencia de los Elementales en la Gran Forja de Runas; ni siquiera cuando los orcos y los granadinos se unieron para crear tormentas de fuego y rayo para detener los constructos enanos, nunca, jamás, a nadie se le enfrentó de manera tan terrible con los dragones. Y a finales de la Tercera Era Temprana, cuando los cristales Lys de los enanos se levantaban en el cielo gracia a la tecnología prohibida de los gnomos, decidimos que los trolls eran ideales para probar qué tan lejos podían llegar Alioth y Mijmara, dos de los dragones más poderosos de la primera categoría.[2] La respuesta: muy lejos. Los trolls tardaron no un par de ciclos, ni cinco, ni treinta: sólo las poderosas murallas de Enyai-Narok, el esfuerzo combinado de las tribus enemigas y el constante sacrificio de arak’hai de Alzagoth logró detenerlos —y aquí es donde estriba mi mayor conflicto— tres generaciones después. Tres generaciones. Cien ciclos. Odinsson (15.III, p.44) nos había advertido ya desde principios de la Tercera Era que los Emperadores del Segundo Imperio estaban buscando cómo romper lazos con los arak, pero de eso a considerar que lanzar un ataque de dragones sobre ellos era la única vía clara para silenciarlos, hay varios niveles de diferencia. Y quiero resaltarlo, a pesar de que la Academia y Mekanikéia lo vean con malos ojos: Los ataques de la Tercera Era estaban pensados como guerras de exterminio.

¿Y qué dijeron los trolls?

Nada. Ellos sabían que habían destruido partes de Úrim casi mil ciclos antes, y cuando les llegó a ellos la hora de pagar, lo hicieron con la frente en alto. De Córdoba (1627.IV), contemporáneo de Luis de Góngora, dice que “Se lo tenían merecido (p.102).” Snefru (1501.IV) lo dice sin miramientos: “Los trolls son, desde la Segunda Era, un lastre. Estoy convencido de que sería mejor exterminar a los trolls de Thule para poder reclamar sus tierras y recursos para la gloria de la Academia (p.3).” Está claro que su postura se ha hecho un poco más blanda con los ciclos, pero no deja de creer que Thule es tierra desperdiciada. Un caso más, recuperado por Melville (1851.IV): el hundimiento de los balleneros Essex y Pequod. Melville asegura que los balleneros poseían una tripulación de esclavos troll[3](p.14), y al-Sarrás (1817.IV) añade más datos: los balleneros salieron manejados por imbéciles que prefirieron utilizar tripulaciones dispensables por si algo salía mal (p.88). Estamos todos en el acuerdo de que ésa era la práctica más común hace sesenta ciclos, y más cuando Moby Dick rondaba las aguas del Gran Mar Océano, pero el punto es el mismo: que lo hayamos hecho no lo justifica.

¿A qué quiero llegar con esto? Tengo dos objetivos claros: El primero, es muy evidente, es hacer un llamado de atención para los urímacos: estamos tratándolos como creemos que ellos nos trataron – de cierta manera, mi hipótesis de que buscamos defendernos a través del silencio es errónea, pero encontré algo más interesante: callamos lo que no nos conviene que sepan los demás pueblos de Úrim. Los datos sólidos que nos ha aportado Thule desde el principio de nuestra relación como vecinos de lado a lado del Gran Mar Océano son claros: Los trolls tratan a Úrim como otros trolls porque nos respetan. Nos tienen en tan alta estima que, durante la guerra, pelean con un fervor que sólo se les conoce en contra de sus enemigos más poderosos. La invocación de Mijmara les movió algo: por primera vez en toda la historia de Úrim, se sintieron débiles, y no les gustó. Por desgracia para Úrim, la llegada de los Señores Dragones a Thule causó algo peor: las tribus rivales se unieron y ya no existen los Ogun Olori Ájok y Atai, sino el conglomerado Atai-Ájok, una pared que es, a todas luces, indestructible. Y reitero: nosotros tenemos la culpa de las mega-barcazas de guerra que azotan el Gran Mar Océano. El segundo objetivo de este trabajo fue hacer un llamado de atención: estamos perdiendo nuestras almas por intentar combatir a nuestros enemigos. La necromancia de la Primera Era se repudió por el dolor que le trajo al mundo, pero con la llegada de los trolls, permitimos las monstruosidades de hueso que aún recorren las dunas de arena del Sharran; con tal de exterminar a los trolls, les lanzamos dragones, bestias que son capaces de arrastrar placas tectónicas si quisieran. Ojo, Úrim: te estás transformando en el monstruo que querías detener.

·         Heródoto, La Llegada del Enemigo, La Academia, Iunu-Ra, Ciclo 89, Segunda Era, p. 32.
·         Mal’kuth Golgoth, “Armas Orgánicas” en La Guerra en Úrim Durante la Tercera Era, La Academia, Mares Anthal, Ciclo 185, Tercera Era, pp. 38-102.
·         Melville, Herman, Notas Sobre los Balleneros, La Academia, Nantucket, Ciclo 1851, Cuarta Era.
·         Al-Sarrás, Baltasar, Las Guerras Troll, Editorial y País desconocidos, Ciclo 1817, Cuarta Era, p.220.
·         Odinsson, Sindre IV, Conociendo al Adversario, La Academia, Skølsgarde, Ciclo 15, Tercera Era.
·         Snefru, Fronteras del Mar y de la Guerra: La división perpetua entre Thule y Úrim, La Academia, Iunu-Ra, Ciclo 1750, Cuarta Era.
·         Anónimo, La formación del Mundo, Editorial y País desconocidos, Ciclo 25, Cuarta Era.
Lynch, Davey, Abraham Lynch, Cartas de mi Abuelo, el Traidor, La Academia, Granada, Ciclo 1756, Cuarta Era.


[1] El término “humanoide” se utilizó por primera vez en el tratado Definiendo Úrim: Qué une tan diversas otredades (Frankl, 1675.IV).
[2] Se Nahr, el Destructor, se salió de control e invocó a los Guardianes oscuros Yog-Sothot y Nut, y después de eso, la magia se suprimió absolutamente de Úrim. Me interesa resaltar que Nahr atacó Iunu-Ra, Skølsgarde, Granada, y que sus efectos se sintieron en toda la parte occidental del mundo; léase, se sintieron en nuestras tierras. Todo cuanto les pasa a los trolls, o todo cuanto les ha pasado hasta ahora, nos es irrelevante.
[3] Recordemos, sólo con el afán de ser lo más objetivo posible, que los pocos amigos que llegó a tener la raza de gigantes en Úrim los traicionaron cuando descubrieron la receta del veneno Fẹnuko ti Iku, que inhibe la regeneración de los trolls y que, además, los hace entrar en un estado de sopor que no puede deshacerse mas que con el antídoto. Una vez más, en Úrim no es posible conseguir dicho antídoto porque en Úrim nos interesa tener soldados y mano de obra barata, no humanoides, porque no podemos controlarlos. La falta de control genera miedo, y así, hasta que llegó el beso de la muerte, vivimos con miedo durante casi tres milenios.