De esas cenizas, fénix nuevo espera;

Mas con tus labios quedn vergonzosos
(que no compiten flores a rubíes)
y pálidos, después, de temerosos.

Y cuando con relámpagos te ríes,
de púrpura, cobardes, si ambiciosos,
marchitan sus blasones carmesíes.


Francisco de Quevedo


lunes, 19 de febrero de 2018

Fragmento de muestra - Los Muros de la Academia, capítulo 2


"Los Muros de la Academia", novela de corte fantástico y Steampunk, está disponible en Amazon. Dejo aquí dos fragmentos, uno del primero y otro del segundo capítulo, para que se den una idea de qué trata y cómo se desarrolla el mundo.


2. La Caída del Arcturus


Ceres 24, Ciclo 1887
Cerca de los mares del sur de Eisgrind

La detonación meció el Steelkilt. El dirigible de al lado no tardó en incendiarse, y aunque no lo hubiera hecho, la velocidad a la que se movía no le hubiera bastado para salir del alcance de la nave pirata. Los observadores de a bordo decían que el humo que desprendía desde hacía unas horas venía directamente de los motores de su presa y que quizá era eso lo que los había alentado tanto. Sea como fuere, los primeros cañonazos fueron certeros y sólo quedaba rematarlos. Ordenó que dispararan otra andanada de proyectiles. Alguno de ellos debió impactar las calderas; al menos, eso sugería la explosión que provino de dentro de su objetivo. Los gritos de victoria llenaron la nave y con justa razón. Además, las mejoras que el ingeniero enano Thorkild implementó en los sistema de combustión de a bordo ahorraban mucho en carbón, y agua tenían de sobra. Vestri solía quedarse mirando las imponentes máquinas de vapor por horas, y decía que el ritmo de los pistones lo arrullaba. Con todo, tenía ya casi un mes que no aterrizaban y los recursos de a bordo empezaban a escasear. Aunque fue un espectáculo bien merecido para su gente, la verdad es que las explosiones no tenían tan entusiasmado a Samir i-Sabbah.

El Arcturus, se decía, era un transporte de provisiones que se dirigía hacia Bael-Ungor, y saber que mucha de su carga se había incendiado los dejaba con pocas ganancias. Además, antes de salir de Iunu-Ra, Thorkild y Vestri escucharon a algunos gnomos hablando sobre el verdadero contenido del dirigible que acababan de derribar. Decían que no sólo no transportaban comida y telas para los enanos, sino que había algunos laboratorios perdidos en las montañas que podían llegar a pagar hasta cuarenta mil monedas de oro por las partes y sustancias correctas. Ahora que los humanos habían empezado a producir sus propias máquinas en Toledo y en Tenochtitlán, la competencia por el aceite de semilla de Kemet y la grasa de las ballenas se había vuelto férrea. A Samir y los suyos les pagaban bien por conseguirlas más barato y a sus compradores les interesaban más bien poco los métodos a los que recurrieran. Si el cargamento, fuera cual fuese, se había dañado, todo el tiempo que pasaron persiguiendo al transporte aéreo había sido en vano.
            — ¡Tayé, gira a la derecha!
            — ¿Perseguimos el fuego del irin eye ni, Samir? ¿Vamos al iná nla a desollar a los muertos?— El troll sonrió. Era un guerrero fuerte, traído desde las playas de la mismísima ciudad de Alzagoth, más allá de las costas de Utgard. Había servido a bordo del Steelkilt desde hacía ya mucho tiempo y era un buen piloto de dirigibles. Fue esclavo durante casi veinte ciclos en una de las minas de los orcos, hasta que Samir logró comprar su libertad. Tuvieron algunos roces, y hasta que no lo derrotó en combate abierto, no parecía querer cooperar con el ahk. Después de eso se volvieron como hermanos. Además, no habría habido nadie más a bordo que pudiera dominar el timón de la nave sin ayuda. Habían acondicionado la estancia del timonero para que pudiera navegar de día y de noche. Los trolls se petrificaban con el sol desde que se tenía memoria. En Thule buscaban una cura para esta aflicción, pero no habían encontrado sino formas de evitarlo. Hasta las sombras más pequeñas parecían protegerlos, y Samir tenía en muy alta estima la vida de su amigo.
            — Sí, vamos a desplumarlos. Te encargo el Steelkilt. Todos en sus puestos. Tayé, mantén la nave lista. Nos iremos tan rápido como podamos.
            —Aquí te esperamos, arakunrin. — El troll comandó el dirigible hacia donde se le había indicado. El cielo se oscureció en apenas unos minutos y las llamas los condujeron a los restos del Arcturus. El fuego lamía la carcasa y arrastraba el olor de cientos de cadáveres quemados. Grandes partes del esqueleto caían al suelo enredadas en las lenguas ardientes. Aterrizaron algunos minutos después. Aunque la planicie estaba iluminada por las llamas del dirigible, Samir le ordenó a Thorkild que los guiara con los reflectores de a bordo. Todos llevaban sus armas cargadas, aunque Samir prefería llevar una espada ropera además de su revólver.
            — Sin supervivientes.
           
El enano avanzó delante del. Llevaba un revólver Peacemaker del que nunca se separaba y Jocelyn Joesmith, una medio elfa nacida en Hiva, iba detrás de Samir: ellos tres formaban el grupo de exploración. Las aspas que impulsaban el dirigible se fueron parando poco a poco, hasta que la noche se quedó a solas con el sonido de las llamas y del metal torcido. Los reflectores del aerostato guiaron los pasos a través del terreno. La luz pasaba sobre Samir y su grupo una y otra vez, obligándolos a caminar entre intermitencias de oscuridad. Poco a poco, la luz dejó de ser blanca para volverse ámbar; después empezaron a encontrar los cuerpos de los tripulantes deformados por los estallidos. Vestri se había adelantado ya bastante cuando escucharon un disparo.
            — Un gnomo, Samir. Se estaba arrastrando hacia una radio.
            — Dudo que haya sido el único. ¿Te dijo algo?
            — No. Pero tuvo tiempo de considerar sus respuestas. Y tenía un cuello bonito, como que pedía que le disparara. Ya sabes cómo son estos imbéciles.
            — Samir. — La voz de Joss resonó entre las vigas de acero, rebotando hasta llegar a ellos. Venía de unos cincuenta metros a la derecha de ellos. — Aquí estaba el timonel. Estamos en la cabina de mando.
            — Habrá que ir hacia el otro lado entonces.
            — Me habría gustado ver a estos malnacidos quemándose. — Los ojos de Vestri refulgían siempre que hablaba de guerras y venganzas. El capitán conocía poco de su pasado. Lo había reclutado tras la derrota del capitán Lynch cincuenta ciclos atrás y ya era así. En los puertos de Kizad, Dhabi y Mares Anthal lo buscaban por homicidio a sangre fría, y debía fuertes cantidades de dinero en Gal’Naar, Skølsgarde y Madrid. — Me dan asco los gnomos.
            — Pues disfrútalo. — El enano sonrió. Era raro que el capitán le dejara hacer y deshacer a su gusto. Puso la bala que faltaba en la cámara de su revólver y fue disparándole a los cuerpos que iban encontrando a su paso. Samir se limitó a caminar y a recoger los objetos de valor que hallaba a su paso.

Una de las razones por las que había conservado a Vestri en su tripulación era que se atrevía a hacer cosas que él no habría hecho jamás. Jocelyn era de otra madera. Era poco conflictiva y más de una vez había tenido conflicto con los métodos de Vestri. Fue criada en la Academia, en Finisterra, aunque pocos ciclos después de volverse uno de los Hermanos Mayores, Baltasar al-Sarrás, había publicado un texto que revolvió las entrañas del mundo. Regresó a bordo convertida en una mujer hermosa y su tío Tayé no podrí haber sido más feliz a su regreso. Había dicho que algún día se vengaría del toledano, pero si lo que decía en su prólogo era cierto, bien se le podía dar por muerto. Tenía muchas herramientas en el arte de la persuasión y su intelecto no podía subestimarse. Además, los pocos documentos que conservó de la Academia abrían puertas donde antes no había más que polvo. Vestri se les unió poco después.

Avanzaron algunos metros más. Samir y Jocelyn iban revisando los escombros y recogiendo objetos que pudieran servirles en el dirigible. Samir iba maldiciendo las explosiones cuando se volteó a mirar a Joss y vio por qué había quedado en silencio. Un colosal anillo de fuego, que debió haber sido la parte central del Arcturus, se levantaba ante ellos. Samir dedujo que sólo pudo enterrarse así de caer en picada. Los jirones de lo que fue el globo seguían consumiéndose. Los gnomos de Thule habían desarrollado durante ciclos telas resistentes al fuego, aunque en la práctica sólo los aerostatos del calibre del Arcturus la llevaban. El recubrimiento era muy caro y Atenas tenía la patente. Una parte del círculo cedió y se derrumbó, iluminando todo a su alrededor. Ante ellos había una enorme estructura negra. Y también una figura diminuta se acercaba cojeando hacia ellos. Vestri montó una mira en su revólver. Apuntó y esperó uno, tres, veinte segundos.
            — Otro hijo de puta. Más te hubiera… —No terminó la frase. El revólver estalló. Vieron caer al gnomo pero no escucharon una palabra más de Vestri. El arma temblaba en su mano. — Samir. Era mismo. Era mismo cabrón al que le volé los sesos ahí atrás.
            — Puede haber sido un efecto de las luces. Les juegan pasadas horribles a las mentes débiles.
            — Cree lo que quieras, niña.
            — Aunque así fuera, Vestri, —dijo Samir, intentando evitar el conflicto— nuestra prioridad es ver si quedó algo para vender. Ve a ver el cadáver. Cerciórate de que no es el mismo y alcánzanos.

Los Muros de la Academia - Capítulo 1

Bueno, comparto en el blog dos noticias.

La primera, hice un video (con sus errores y problemas) del cuento "Rito de Paso". Debo advertir que la calidad del audio (y mi lectura, también es cierto) es algo mala, pero irá mejorando con el tiempo.

La segunda es que terminé ya la novela "Los Muros de la Academia", de corte fantástico y Steampunk. Dejo aquí dos fragmentos, uno del primero y otro del segundo capítulo.



1. La Magia de los Arcanos


Saturno 30, Ciclo 1782
A las afueras de Toledo

            — Ven, Baltasar. — Aliya lo jaló del brazo. — Vamos a ver a la vieja Laila. Hace días que quiero que me lea las cartas. — Se movía con la gracia de un ciervo. La conoció hace casi diez ciclos, y la magia de sus ojos grandes aún lo tenía encantado. Le era difícil resistirse a sus caprichos y las ferias científicas de la Academia solían atraer a gente de muchas y muy diversas regiones. Varios de los beduinos de los alrededores se habían congregado alrededor de Toledo.  — Vamos, mi amor. Sé que no crees en eso — dijo, mientras volteaba a verle con sus ojos de venado — pero seguro encuentras algo qué hacer. Escúchala. Aunque no creas en sus métodos, algo deben saber del mundo y del desierto. No habrían sobrevivido a tanto si no.

            No pudo decir que no. Veía su cabello negro agarrado en una sola coleta resplandeciendo bajo el sol de la ciudad. Se había enamorado de su piel morena en cuanto la vio, y podría jurar por Kósmon que cada ciclo le parecía más hermosa. Se resignó a acompañar a Aliya con la tal Laila. De cualquier modo, los beduinos solían cargar cosas interesantes, y mientras ella visitaba a la vieja adivina, pensó, él podría buscar en las antigüedades. Los vagabundos eran famosos en todo Muspel porque, nadie lo decía abiertamente, eran capaces de conseguir cualquier cosa. Los Relicarios habían prohibido que se hablara sobre ellos, pero sus capacidades para robar e infiltrarse a donde fuera eran legendarias. Más de una vez, Aliya había pedido que le llevaran plantas exóticas desde Thule o de Utgard, y algunos enanos de Skølsgarde y Gal’Naar traficaban descaradamente con ellos. Mucho del acero de la industria ferrocarrilera de Toledo, Granada y Madrid provenía de las minas de los enanos importado por los beduinos. Además, eran los únicos que se aventuraban a mar abierto y tenían rutas seguras en todo el mar Altair. Eran capaces de negociar con los orcos de Mares Dágon y Mares Anthal y tenían tratos secretos con los elfos. Eran, según decían muchos, un mal necesario. Había quienes aseguraban que era por ellos que Toledo había abierto su comercio y había pasado de ser un pueblo periférico y olvidado por la capital, Madrid, y se había transformado en una metrópolis capaz de competir con cualquiera de las otras provincias del enorme desierto del Sharran. Aliya frecuentaba a los vagabundos y conocía a dos o tres proveedores de drogas e instrumentos para los médicos toledanos. Baltasar no se dio cuenta a qué hora se alejaron tanto del centro. Del bullicio general de la feria de ciencia pasaron al griterío del mercado El Camello de Oro, un nombre que, según decían algunos, provenía de una vieja hermandad de la Primera Era. En la Academia, casi todo lo de ese periodo se descartaba por considerarse una época fantástica, con poco o nulo valor histórico, aunque Baltasar creía que había algo más; en casi siete ciclos de buscar y rebuscar en los textos comunes de la Sala Común, empero, jamás había hallado una pista al respecto. Llegaron por fin a la carpa que usaba Laila. Aliya entró primero. Él tenía miedo de que alguno de sus compañeros de la Academia los reconociera. Que los vieran en esa zona no le preocupaba mucho, pues todos habían comerciado con los beduinos tarde o temprano, sino, más bien, temía que alguien extendiera el rumor de que el catedrático y Hermano de la Academia, Baltasar al-Sarrás, había entrado a que le leyeran la suerte. Aliya se volteó molesta, lo miró unos segundos y, por fin, entró.

            Lo primero que notó al llegar fue el incienso y el sonido de unas campanitas que colocó la adivina para anunciarle que alguien había entrado. Menuda adivina, pensó, que necesita que le digan que vino alguien. El sol dorado de Toledo, que pintaba el exterior de un leve tono amarillento, se disolvía dentro de la oscuridad. Una cortina morada daba paso a un cuarto chico, sin otra salida que por donde habían entrado. Tardó unos instantes en adaptarse al lugar. Laila tenía prendidas varias varitas de incienso con olor a naranja y azahar a los lados. Una esfera de cristal yacía sobre una mesa de madera, un poco más adelante de donde estaban ellos. Baltasar asumió que la tardanza de la mujer se debía a su edad. Se escucharon otras campanas, procedentes de una puerta que no había visto y que debían conducir a una recámara personal. Una mano blanca corrió la cortina. La luz de las velas que había detrás les impidió observarla claramente, pero se percataron de que no era el cuerpo de una anciana el que salió del cuarto, cerrando la cortina tras de sí. Era una mujer joven. Mucho más joven que ellos. Asumió que sería una de las hijas o nietas de la adivina, pero se presentó como Laila. Era blanca, delgada y pelirroja. Tenía un velo azul, muy delgado, sobre los ojos, y sus orejas estaban cubiertas de diminutas cadenas y un par de aretes un poco más grandes, que era donde se conectaban todos los eslabones.
            — Bienvenidos. ¿En qué puedo ayudarlos?
            — ¿No sabes?
            — Oh, ya veo. Un Académico. Aunque es raro. Tu mujer también lo es. Bueno, tal vez a ti tenga que verte después. Viniste por ella. Y a ti mi amor, ¿en qué puedo serte útil? ¿Por qué me miras así?
            —Es que, bueno, esperaba a una anciana. Todo el mundo te llama la vieja Laila. Y además eres bonita. Muchos de los beduinos de los que nos hemos topado no hablan muy bien de ti y pensé que serías una bruja fea. —Se calló de inmediato. Baltasar notó cómo se sonrojaba su esposa. — Me llamo Aliya.
            — Encantada, Aliya. La gente me teme e inventa historias sobre mí. Me llaman puta, lengua larga, mujer sin moral. Yo les digo que sí, y que deberían quererse un poquito más, venir conmigo más seguido. Que si lo hacen rico, a lo mejor ni les cobro. Muchos salen despavoridos. Pero basta. ¿Qué necesitas, pequeña? — Baltasar le dio un pequeño apretón en la mano a Aliya, insinuándole que la adivina lo había fastidiado. Lo molestaba su aire de saberlo todo. La mujer no debía haber tomado un libro en su vida y se sentía con el derecho de insultarlos a él y a la Academia. Aliya volteó, asintió y le susurró que se verían después. — ¿Qué le pasa a tu hombre? Bueno, ya volverá. Sé que hay algo... — Eso fue lo último que escuchó. No podía sacar de ahí a Aliya, y aunque sin duda era muy arrogante, Baltasar sabía que sería innecesario buscarse un pleito con la mujer.


domingo, 14 de mayo de 2017

Tales of the First Era available on 3 websites!

Today I recieved confirmation from Barnes and Noble: the Tales of the First Era are now available on their store!

You can also find them on Lulu.com, and, of course, on Amazon.com.

Don't forget to check the Facebook page of The Great Void once in a while :) I don't post there often, but keep in mind that any and all information there is official.

sábado, 15 de abril de 2017

Rito de Paso - Cuento de la Primera Era

Ciclo 32, Llanuras al Norte de Utgard

Faltaban 3 horas para que la sombra del palo de agua marcara el mediodía, hora a la que los shamanes anunciarían oficialmente la llegada de la Estación del Viento. El joven Alzamag, un orco que se había destacado por encima de sus compañeros, y su hermano gemelo Xaaz’al-Ungul, eran los hijos favoritos del clan Soth-Makar. El shamán Mag’Ushar guiaba a su gente a través de enormes extensiones de pasto y cuidaba a los orcos más jóvenes hasta que tenían edad de portar arcos y empuñar hachas de caza. Muchos lo querían como un padre, en especial Alzamag y su hermano, a quienes enseñó la lectura de huesos y entrañas desde muy chicos, como habría hecho su verdadero padre, Alzaz-Ungul. Su madre se llamaba Agora Mul’Kar y sus nombres estaban grabados en el gran tronco de la memoria, que se llenaba poco a poco con los nombres de los que habían abandonado el mundo físico para cuidarlos y guiarlos desde el reino de los muertos. Mag’Ushar los educó como a hijos propios y les prometió que el día de su rito les contaría la historia de sus padres. El duelo de los niños fue breve, y pronto aceptaron a Ushar como abuelo. Xaaz’al-Ungul siempre fue más atrevido, más dispuesto a hacer las cosas. Alzamag era un poco más reservado, más prudente, y ejercía un efecto calmante en su hermano. Hacía tiempo que el anciano se había dado cuenta de eso,  pero tendría que separarlos si querían aprender a sobrevivir en las planicies de Utgard. Tenían que aprender solos. Por eso había adelantado su prueba casi 6 ciclos. Cada uno de ellos prometía grandes cosas, pero no sabían estar solos. Allá, lejos de la tribu, estarían solos, perdidos en la infinita extensión de Utgard.

            Cuando los adoptó, sabía que esos pequeños cambiarían la historia de su gente. Sentía la astucia de Alzamag y el poder de su hermano combinarse para resolver cualquier dificultad que tuvieran enfrente. A los 12 ciclos de edad, ambos manejaban ya los arcos y sabían tejer cuerdas con los nervios de los animales que cazaban. Pronto aprendieron a seguir también las huellas de los animales a través de los pastizales y lograron rastrearlos hasta los arroyos claros y limpios donde se alimentaban. Fueron respetados por su habilidad y prudencia. Nadie dudaba que serían aceptados como hijos naturales de Mag’Ushar, lo que les permitiría a los dos ascender hasta el grado de shamanes algún día.

Pero la tribu de los Soth-Makar era grande y había orcos que no sólo habían superado a los hijos de Agora Mul’Kar, sino que tenían la edad estipulada por los shamanes hacía tantos y tantos ciclos, mucho antes de que la gran horda cruzara los montes helados de Eisgrind. Alzamag y su hermano seguían siendo unos niños. No tenían todavía el carácter para volverse cazadores y menos aún shamanes, por mucho que intentaran convencerlo de lo contrario. No a Gokk Mor’kas. No a él, que había aprendido a curar muelas picadas, aplicar sanguijuelas y leer la suerte en el polvo de las calles casi un ciclo antes que el mismísimo Mag’Ushar. Alzamag y Xaaz’al eran unos imbéciles mimados por haber perdido a sus padres. Todo se los había ganado la lástima de la tribu. No era fruto de su esfuerzo. No les permitiría que arruinaran todo cuando su triunfo estaba tan, tan cerca.

Sólo debían esperar dos horas más. Xaaz’al-Ungul le había preguntado esa mañana si recordaba a mamá. Que si se acordaba de cómo los acosaba y se quedaba con ellos hasta que se dormían, o que si recordaba cómo ella y papá hablaban siempre de las nieves de Eisgrind. “Siempre hablaron de los gigantes, Alzamag. Algún día los conoceremos.” Estaba tan nervioso que no pudo dormir, y en los ratos en los que lo vencía el sueño soñaba siempre lo mismo: unas nubes negras; una playa sin limite azotada por relámpagos ahí donde ponía los ojos y un ojo sin cuerpo ni rostro, dislocado de la cordura de cualquier ser viviente. Por la mañana le platicó al abuelo su sueño, porque el abuelo era bueno para descifrar los mensajes de Yog-Sothoth en la mente de los orcos, pero no le dijo nada. Por segunda vez en su vida, le respondía con silencio.

— Eso es injusto joven Gokk. Todos sabemos que tú eres el mejor éshar de la tribu.
— Y Alzamag es mejor que yo planeando cosas. Es injusto también para mí. Además, tú sabes que Xaaz’al y él no van a separarse nunca. Todos los demás estamos en desventaja contra ellos dos. Casi me siento igual de tullido que mi padre.
— Hijo de Ulth Mor’kas, le debes más respeto que ese, y por los niños no deberías preocuparte. Tú sabes que la tradición dice que cada quien se vale por sí mismo en su rito.
— Y también dice que nadie menor de 18 ciclos participa en él. Sólo los ayudas porque sus Agora y su esposo sólo fueron buenos para morirse.
— Tienes una lengua larga, joven Gokk. Si en algo me estimas todavía, vete y prepárate para tu rito.
— Sí, abuelo.

            Vengan, pequeños. Acérquense. Ha llegado la hora de contarles qué pasó con sus padres.
— No vayas a llorar, Alzamag.
— Cállate, mierda de wargo.
— Alzamag, salte. No voy a tolerar ese lenguaje aquí. ¿Esperaste tantos ciclos para esto? Tu padre estaría decepcionado.
— Pues no se hubiera muerto. — Alzamag salió de la tienda de Mag’Ushar resoplando y maldiciéndose. ¿Cómo pudo cagarla en ese momento? Y lo que es peor, sabía que su abuelo le contaría a Xaaz’al y no permitiría que se la dijera a él. Últimamente se había estado portando más frío, como si ya no los quisiera. Los ponía a atender a los pocos wargos que habían capturado a lo largo de los ciclos a horas diferentes. Mientras que a Xaaz’al lo ponía a trabajar de día, cuando los cazadores se llevaban a las bestias a explorar, a él lo dejaban de noche, cuando estaban especialmente irritables. Sacar el excremento de las jaulas era un trabajo imposible. Tenía que lanzarles comida del otro lado y pedirle a Yog-Sothoth que no se mataran entre ellos por un pedazo de carne. Apenas le daba tiempo de dar unos pasos, sacar una bola de mierda y lanzar otro pedazo de carne. Y no entendía por qué. Nunca le habían fallado ni levantado la voz. Pero sabía muy dentro de sí que el abuelo estaba viejo y cansado, y que la edad se estaba empezando a reflejar en su trato. Al carajo, él quería saber. Rodeó la tienda de Mag’Ushar y pronto estuvo agachado, escuchando.
— Sé que se quieren, Xaaz’al, pero prométeme que no ayudarás a Alzamag en su rito.
— ¿Por qué no? Pensé que querías que nos cuidáramos.
— Así es, pequeño, pero es hora de que tu hermano y tú se separen. No pueden estar juntos toda la vida. Esta tribu necesita a un líder muy fuerte, no a dos niños que no saben caminar sin estar el uno al lado del otro.
— Pero así lo hemos hecho siempre, abuelo, y mira, ya casi hacemos nuestro rito.
— Precisamente de eso quiero hablar contigo, Xaaz’al. El rito es de cada uno. No pueden hacerlo juntos. ¿Sabes por qué?
— No.
— Bueno, te lo voy a contar. La historia de sus padres es complicada, Xaaz’al-Ungul. Sus padres eran hermano y hermana. Se querían mucho, como Alzamag y tú, pero un día se quisieron de más. Ulth Mor’kas era el prometido de Agora desde que tenían tu edad, pero cuando se enteró de que tu mamá estaba embarazada de ustedes, no quiso saber nada más de ella. Tu padre se cambió el nombre, pero ya habían deshonrado a su familia. Los expulsaron de la tribu y vagaron unas semanas, hasta que me encontraron a mí. Yo abogué por ellos y los acogí. ¿Por qué? Tal vez porque nunca intentaron engañarme. Me contaron su historia el mismo día en que nos conocimos, y no pude decirles que se fueran, que eso era impuro, aunque la tradición me decía que eso era lo correcto. Ahora que los veo a Alzamag y a ti, sé que hice bien, hijo. Unos ciclos después nos encontramos los restos de una tribu y a algunos supervivientes vagando en las cercanías. Sí, Ulth Mor’kas iba con ellos. Su tribu había sido destrozada por wargos salvajes, y traía a su hijo Gokk, de 7 ciclos, con él. El reencuentro no fue agradable. ¿Ahora entiendes por qué los odia tanto Gokk? Bueno, pues como te decía, pasaron los ciclos y un día Ulth logró rastrear a los wargos que destrozaron a su tribu. Pidió voluntarios y casi todos los supervivientes se unieron. Tus padres fueron con él para vengar a sus familias. ¿Qué? Ah, sí, sí los deshonraron, pero ellos querían probar su honor vengándolos. Por eso se fueron. Agora me encargó que los cuidara por si algo les pasaba y mucho tiempo después desee que jamás hubiera dicho esas palabras. La cacería fue un fracaso. Los wargos destrozaron a todos los del grupo, y sólo algunos pudieron regresar. Por eso Ulth no tiene ni piernas ni un ojo y por eso perdieron ustedes a sus padres. Si hubo alguna gloria aquel día, no la conozco, pero desde entonces se estableció que cada uno tendría que hacer sus cosas solo. Sobrevivir solo. — Siguieron hablando unos minutos, aunque ya no los oía. Alzamag se alejó de su escondite sin hacer ruido. Entonces supo por qué su abuelo había intentado separarlos. Tenía miedo de que se repitiera la historia de sus padres. Al parecer, Xaaz’al también lo había entendido. Durante los próximos días se vieron menos, como si ambos hubieran acordado alejarse un poco hasta después del rito.

Faltaban unos minutos. El sudor de los brazaletes de cuero y de las correas de su escudo le incomodaba. A su izquierda estaban un par de orcos mayores que él, y un poco más allá, su hermano. Justo a su derecha estaba Gokk. El rito consistía en 3 partes: la primera, una demostración de fuerza física y habilidades de combate básicas. La segunda, un examen de conocimientos médicos, en el que estarían presentes los mejores curanderos de la tribu y el último siempre era sorpresa. En ciclos anteriores recordaba haber visto a un grupo de orcos cruzando un río y armando entre todos un puente. Después se supo que la orca Meshak An’mokar había tenido la idea del puente y se integró a los grupos de exploradores desde ese día. En aquella ocasión todos pasaron su rito, pero había veces en que se les pedía curar a los enfermos, y quienes antes encontraran el tratamiento que debía seguir eran quienes lo lograban. En esas ocasiones muchos fracasaban, pues tenían que tomar dos exámenes médicos seguidos. Los que se rezagaban o no lo encontraban tendrían que esperar un ciclo completo para volverlo a intentar. Alzamag sabía que en la prueba física no tenía oportunidad. Tal vez Xaaz’al sí lo lograría, pero él no. Una joven orca junto a él le sonrió, y supo que quería decirle “ánimo.” De pronto se dio cuenta de su edad. 12 ciclos. Todos los demás orcos del rito tenían al menos 18. No quería ver a su hermano. Los dos estaban aterrados y solos como nunca lo habían estado.

El rito dio inicio con el sonido del cuerno. Los 60 jóvenes fueron lanzados a una arena circular, rodeados por toda la tribu. Alzamag casi fue derribado por la chica que le había sonreído hacía unos minutos. Sabía que si lo derribaban estaría fuera, pero no tenía la fuerza física para oponerse a nadie. Debería hacer trampa. No sería el camino más honorable, pero tal vez así lograría desarmar al menos a uno. Xaaz’al, casi al otro lado de la arena, había llegado a la misma conclusión. Intentaba atacar las partes bajas de sus oponentes, aunque Alzamag vio que sangraba de la boca. Debieron haberle pegado con el escudo. Apenas tuvo tiempo de reaccionar. Un orco de tal vez unos 20 ciclos se había lanzado a toda carrera contra él. Alzamag saltó hacia un lado y el orco tropezó. No tuvo más que darle un empujón para que cayera. Desde su espalda escuchó el griterío de la multitud. El crío había derribado a alguien. Gokk tenía una fuerza impresionante. Orco que se lanzaba contra él, orco que terminaba en el suelo. Era un oponente extraordinario. Los demás se dieron cuenta de ello poco después. Grupos de dos o hasta tres iban tras él, pero Gokk lograba disolverlos eliminando primero al cabecilla. Los supervivientes se retiraban y preferían enfrentar a otros. No habían pasado ni ocho minutos y ya estaban fuera 48 de los futuros guerreros orcos. Alzamag había logrado eliminar a otro de una patada en la entrepierna y Xaaz’al parecía haber encontrado una buena arma en su escudo. La orca de al principio, Dehka, aún luchaba. Los shamanes pidieron unos segundos para que se retiraran los caídos.

— Tú haces que te persiga y yo lo mato. — le decía Xaaz’al, mientras ambos espiaban al jabalí. No era la primera vez que lo hacían, pero sí la primera que se topaban con un animal tan grande.
— ¿Por qué no mejor al revés?
— Porque yo soy más fuerte, tonto, y además tú corres más rápido que yo.
— Pero yo disparo mejor.
— Sí.
— Entonces mejor lo matamos de lejos.
— No. Ve y corre. Te toca. Yo corrí la vez pasada.

— ¡Te toca el jabalí, Xaaz! — Su hermano, de lejos, asintió. Empezó a gritarle a Gokk y éste se confió. Salió corriendo tras Xaaz’al-Ungul, sin darse cuenta que Alzamag había logrado flanquearlo. Dehka también se percató de ello y corrió junto a él. Gokk no esperó a que el niño reaccionara. Le conectó un golpe directo con el borde de su escudo en la mejilla y luego lo derribó de una embestida. Xaaz’al, cegado por el dolor del golpe, apenas pudo ver cómo Alzamag y Dehka lo tacleaban por la espalda, aunque no lograron derribarlo. El orco se volteó y sin mucho problema derribó también a Dehka, que apenas se recuperaba de la embestida. Por fin tenía a Alzamag delante de él, solo y aturdido. Le propinó dos, tres, cuatro escudazos en la cara. Cuando comenzó a tambalearse, cruzó una pierna detrás de él y lo remató de un empujón. La prueba terminó unos segundos después, con la rendición de los tres guerreros que seguían de pie. Cubierto de sudor y arena, Gokk fue el mejor de todos en la primera prueba. La siguiente fase llegaría al día siguiente, después de que se hubiera tratado a los heridos. Xaaz’al-Ungul y Dehka la tuvieron fácil. Terminaron con golpes y moretones, aunque a Xaaz’al tuvieron que darle algunos puntos en la mejilla, donde había golpeado el escudo. Alzamag necesitó puntos en la frente y en toda la zona izquierda de la cara, donde el escudo de Gokk había golpeado con especial saña. Terminó con un derrame en el ojo; los shamanes le dijeron que no lo perdió de puro milagro. No pudo dormir aquella noche. La hinchazón del párpado y el dolor en la cara lo mantuvieron despierto hasta bien entrada la noche. Cerca de él dormía Dehka. Ella lo abrazó como si fuera su hermano pequeño y Alzamag lloró. No quería que llegara el día. No quería volver a enfrentarse a Gokk.

Los jóvenes fueron llamados a la arena unas horas antes del mediodía. Los orcos habían colocado una gran tela sobre ellos para protegerse del sol. También habían traído varias mesas, sanguijuelas y plantas, además de que había varios heridos y estaban los shamanes de la tribu presentes. Alzamag sabía que tendrían que curar a alguien delante de todos, y aunque sabía que podía hacerlo, no tenía ganas. El rito de paso era un gran espectáculo para los jóvenes, pero no tenía sentido. Pudieron haberlos matado y nadie habría hecho nada. En ciclos pasados habían muerto algunos orcos, pero todo estaba permitido. Si alguno de los heridos moría, no habría consecuencia para ellos. Yog-Sothoth había decidido llevárselo. Podrían volverlo a intentar el próximo ciclo. No tenía sentido que los hubieran puesto ahí tan chicos. No tenían la edad, ni la práctica, ni la fuerza.

Cuando la sombra del palo de agua se recortó hasta la base de la arena, comenzaron las pruebas. Pasaron de diez en diez. Cada uno de los jóvenes tenía libertad de hacer lo que le pareciera mejor. Unos se limitaban a revisar a los heridos y establecer el tratamiento que creían que podría curarlos. Otros hacían ungüentos con hierbas molidas, lavaban y masajeaban la zona lastimada, untaban el cataplasma y vendaban al herido. Sin embargo, en varios ciclos no se habían intentado amputaciones. Ninguno de ellos quería ser responsable de dejar a alguien mutilado de por vida sin tener aún el título de shamán. Un shamán tenía la protección de su nombre, pero ellos eran apenas poco más que niños. No, ninguno se habría atrevido a amputar a nadie el día del rito. La última vez que lo intentaron siguieron varios meses de no encontrar comida y de lluvia escasa. Desde entonces se habían retirado todos los instrumentos de corte del rito. Quienes sufrieran de gangrena o necrosis eran atendidos por los shamanes, no por los jóvenes.
— Es tu turno, Gokk. A ti te toca curarle las heridas al joven Alzamag.
— Pero abuelo…
— ¿Vas a renunciar a tu prueba, Gokk Mor’kas, y deshonrar a tu padre y a tu familia?
— No.
— Pues adelante. Tienes hasta que la sombra del palo de agua desaparezca.

Alzamag pudo ver la ira en los ojos de Gokk. Supuso que su abuelo también, aunque no tenía idea de por qué lo estaba dejando en manos de quien más lo odiaba en todo Utgard. Gokk tomó un par de sanguijuelas y se las puso en las zonas más hinchadas. Mientras éstas extraían la sangre acumulada, él consiguió un mortero, buscó genciana, flor de trébol rojo y ajo y los molió. Todo lo hacía con una firmeza y una decisión que sólo había visto antes en su abuelo. A pesar de que lo odiara, Gokk sabía lo que hacía, y eso lo molestaba aún más. Él no sabía aún hacer cataplasmas tan avanzados. Sabía que la genciana era para cicatrizar, pero desconocía el uso de las otras dos plantas. Lo empujó a la mesa, haciendo que se golpeara, pero pronto sintió las manos del orco trabajando sobre su herida. Le estaba quitando los puntos del día anterior y las sanguijuelas, aprovechó la saliva de éstas en su sangre para retirarle la pus que se le había formado durante la noche y lavarle las heridas. Aplicó el fomento con mucho más cuidado del que habría esperado en él. También eligió las mejores telas que tenían en la arena y le hizo un buen vendaje. Terminó rápido. Diez minutos después de haber empezado, Alzamag caminaba hacia Dehka y su hermano. Él estaría en la quinta ronda de participantes. Su hermano se rindió cuando lo llevaron a su prueba. Dehka hizo una curación simple, aunque Alzamag sabía muy dentro de sí que Gokk los había superado también en eso. Cuando fue su turno, decidió imitar la receta de su rival. Molió un par de dientes de ajo, un pedazo de genciana y unas flores de trébol. Puso sanguijuelas en la zona inflamada, lavó y untó su mezcla. Luego limpió y vendó. No fue tan rápido ni tan preciso como Gokk, pero tampoco se sintió inseguro. Los shamanes mandaron a todos a descansar poco después del mediodía. Ninguno de ellos se iba tranquilo: si había infecciones o complicaciones se verían unas horas después de sus procedimientos. La prueba médica solía durar dos, incluso tres días. 

— Acompáñame, Alzamag. — El joven pudo ver en el rostro de su abuelo que algo había pasado. Llegó por él casi a media noche. Varios de sus compañeros de prueba habían sido llamados para revisar a sus pacientes, pero casi todos habían regresado poco después, contando que los shamanes los habían felicitado y les habían hecho correcciones menores. Pero a ninguno lo había llamado el jefe de la tribu, y menos tan noche. Por suerte, el dolor de la cara y los moretones habían desaparecido por completo. Tal vez por la mañana se le podría retirar el vendaje.
— Corre la tela, hijo. Tu paciente lleva horas con una fiebre altísima. ¿Me puedes decir qué fue lo que pasó?
— Seguí la receta de Gokk.
— Él tiene ciclos practicando sus dosis y sus procedimientos. La muerte de uno de los nuestros no puede tomarse a la ligera.
— Pensé que podía hacerlo.
— Fuiste imprudente, y no sólo eso, también orgulloso e idiota, Alzamag. Si no te sentías listo pudiste haber hecho lo mismo que Xaaz’al y pedir que se te evaluara luego. Pero no. Tenías que ser el mejor. Tu hermano conservará su honor y su oportunidad de probarse a sí mismo, pero tú no podrás quitarte esa mancha nunca. El primer paciente al que atiendes terminó enfermo de gravedad. Los delirios de la fiebre son espantosos. Los shamanes han dicho que no te darán su bendición a menos que expliques qué pasó por tu cabeza. Es explicarte y humillarte o pedirle a Yog-Sothoth con toda tu alma que se recupere. De cualquier manera, tienes hasta el día final de las pruebas para decidirte. Lo siento mucho, hijo.

            Alzamag salió de la tienda de Mag’Ushar. En realidad, el viejo sabía que él tenía la culpa de los errores de su joven pupilo. Los forzó más allá de sus capacidades. Eran unos niños. Eran los mejores de su edad y tal vez mejores que muchos más grandes que ellos, pero no tenían práctica. Sí, fue su culpa, pero ya estaba viejo y cansado para admitirlo. A veces el mundo te daba la espalda. Era una lección que le salvaría la vida a los dos en algún momento.

La mañana siguiente fue algo tensa. Todos sabían ya del error de Alzamag, el protegido de su líder, y esperaban el fin de las pruebas para humillarlo. El niño curandero. Esta vez se reunieron justo después de ponerse el sol. La tercera prueba solía atraer a muchísima gente por su secrecía. Alzamag vio a muchos menos orcos esta vez, tal vez unos veinte. Quería decir que habían sido eliminados en ambas pruebas y que no tenían derecho a estar ahí con ellos. Vio a Xaaz’al-Ungul y a su amiga Dehka cerca de él y se sintió un tanto aliviado. No temía a la prueba, sino a lo que le esperaba después si no triunfaban. Gokk estaba también ahí, con una sonrisa que le deformaba la cara. Lo estaba viendo a él. Varios orcos mayores encendieron antorchas alrededor de toda la arena. Un shamán hablaba de la importancia del rito del paso y cómo estaban a punto de dejar atrás la protección de sus padres para volverse orcos dignos del nombre de su tribu y otras cosas. Fue entonces cuando vio a los wargos. Se habían esforzado por ocultarlos, pero rompieron las telas que cubrían una parte de su jaula.

— Es hora de revelarles la tercera prueba de su rito de paso. — Un shamán anciano, aunque más joven que Mag’Ushar, se levantó y extendió sus brazos. Detrás de él, cuatro orcos grandes, los más grandes que había visto Alzamag en su vida, cargaban la enorme jaula que había visto hacía unos minutos. — Esta wargo sobrevivió a la matanza de su jauría. Sus cachorros nos seguirán a nosotros. Pero ustedes, jóvenes, tienen la tarea de enfrentarla. Son veinte contra una. Hoy no habrá ni reglas ni consecuencias, pero tomen en cuenta que nos fijaremos en todo. Que Yog-Sothoth les de fuerza y valor para enfrentar a la criatura. Suelten a Lug’Ka.

            La loba wargo, al ver a sus captores acercándose a la puerta de la jaula presintió que intentarían hacerle daño. Ya habían matado a todos, y sólo las habían salvado a tres de las lobas mayores por sus crías. El instinto la llevó a acurrucarse al fondo de la jaula. Unos orcos la picaron desde atrás con unos palos largos, afilados, y cuando se dio cuenta de qué pasaba, ya estaba frente a una veintena de orcos menores, sin pieles de animales sobre ellos, casi todos muertos de miedo. Sabía que no tenía muchas opciones. Si regresaba la volverían a picar y no habría manera en que pudiera volver a ver a sus cachorros. De pronto, otro piquete. Con eso se decidió. Aulló alto y fuerte, para que aquellos que habían matado a toda su jauría supieran que la última de las lobas wargo no doblaría ni las patas ni la cabeza ante nadie. Serían presas fáciles. No tenían ninguna de esas cosas que usaron para matar a sus hermanos. Eran ellos solos con un pedazo de cuero en uno de los brazos.

            Cuando la gran loba wargo salió de su jaula, casi todos los jóvenes que quedaban se hicieron para atrás. Xaaz’al-Ungul fue de los pocos que quedaron en la vanguardia. Del otro lado estaba Gokk. La loba se lanzó contra el más grande de ellos primero. Gokk le dio un golpe con su escudo y logró aturdirla un poco. La wargo se afanó en perseguirlo. Los demás orcos los rodearon, como una arena dentro de la arena, pero los shamanes y los orcos adultos los empujaron, los picaron para que se unieran al combate. Casi ninguno se atrevía a ponerse al alcance de la wargo. Gokk se defendía bien; le apostaba a esperar el ataque de la loba y contraatacar. Esto le ahorraba mucha energía a él y le permitía medirla mejor. —Hasta ahora, sólo tenemos a uno digno de ser shamán. — Las burlas y las risas no se hicieron esperar. Con el sonido de las voces de los demás orcos, la loba se distrajo un poco y Gokk logró conectarle un segundo golpe. Varios orcos más, picados en el orgullo, se lanzaron contra Lug’Ka. Cuando la wargo se percató de que la estaban rodeando, se retiró un poco, dejándole a Gokk un margen para que se recuperara. Alzamag seguía en la línea de la retaguardia. Vio que Xaaz’al y Dehka ya estaban también al alcance de la loba. Entonces pasó. Otro de los orcos le dio un escudazo a Gokk, aprovechando que estaba distraído, y lo derribó. Estaba a punto de rematarlo cuando uno de los orcos de la orilla lanzó una estaca al centro de la arena. Los shamanes habían vuelto esta contienda una pelea a muerte. Dehka no dudó un segundo y logró llegar corriendo hasta el arma. Sin pensarlo, ensartó a uno de los que se había aproximado. La wargo estaba confundida, pero aprovechó la distracción para destripar a un orco de un zarpazo. Los gritos de los orcos y el frenesí de la sangre llenaron a cada uno de los presentes. Alzamag no había visto nunca un duelo a muerte. Gokk se había recompuesto ya y arrebató otra estaca a uno de los guardias de la wargo. Éste sonrió y se retiró de la arena, apoyando al joven que había logrado desarmarlo. No veía a Xaaz’al. Debía estar cerca de su amiga. Se habían apoyado desde el principio. Le había sonreído y juntos habían pasado las dos pruebas anteriores. ¿O no? ¿Los traicionaría a los dos ese día? ¿Dónde estaba su hermano? Las luces de las antorchas lo estaban mareando. No se había movido desde que soltaron a la wargo. Ni siquiera reaccionó cuando le dieron el golpe en la sien. Alguien le pegó con el palo de una estaca para derribarlo. Varios de los caídos sangraban. Estaban rojos, con las miradas tranquilas, carentes ya de miedo.

            Gokk se había hecho ya con tres lanzas y había logrado cambiar su escudo un par de veces. Estaba dominado por el frenesí de sangre. Dehka había derribado a un par de orcos también. En total quedaban seis orcos de pie. La wargo corría alrededor de la arena, vigilando a los heridos. Había matado a cuatro y tenía a una orca herida frente a ella. Estaba muerta de miedo. Un par de zarpazos a la altura correcta y se desangraría. Un orco muy joven, demasiado para ser un guerrero, tomó una de las armas de madera del suelo y corrió hacia ella. Si no hubiera gritado, tal vez, tal vez, le habría hecho daño, pero la adrenalina lo traicionó. No tenía ni la fuerza ni el alcance de los orcos grandes. Le arrancó la cabeza de una mordida. Con ese, había matado a cinco.

            Esa escena se grabaría en la cabeza de Alzamag hasta el fin de sus días. Xaaz’al-Ungul corrió a defender a alguien a quien no conocían. Vio cómo le arrancaban la cabeza a su hermano y cómo su cuerpo, tan parecido al suyo seguía corriendo, se desplomaba en la arena, temblando, y se convulsionaba mientras la vida se le apagaba. La sangre salía negra del cuerpo de Xaaz’al-Ungul, iluminado a medias por las antorchas. ¿Las habían vuelto a encender, o sólo les habían puesto más aceite? Era su hermano, y ahora también un cadáver con su mismo peso y altura, pero ya sin rostro. ¿Qué estaba haciendo ahí? ¿Qué carajo querían? No tenían la edad. Eran unos niños. No estaban listos para el rito de paso. Estaba muerto. Muerto. Les habían contado que unos wargos mataron a sus padres. ¿Para qué? ¿Qué lograban haciéndoles lo mismo a ellos?

            Gokk aprovechó la muerte de Xaaz’al-Ungul para arrojarle una de las estacas a la loba. Penetró su costado izquierdo con facilidad. Dehka le lanzó otra de las estacas, que atravesó su ojo derecho. Los dos orcos que quedaban en pie corrieron hacia la wargo, que retrocedía, malherida, pero fueron derribados por unas hondas. Los guardias de Lug’Ka se interpusieron para salvar a la loba. Los shamanes bajaron corriendo a atender a los orcos heridos. Alzamag no respondía. Se había quedado perdido dentro de su cabeza. Xaaz’al-Ungul estaba muerto. Lo mataron frente a él y nadie había movido un dedo. Se celebró un funeral para todos los caídos en combate. Esa noche no habría fiestas ni anuncios: también el paciente de Alzamag había muerto. No supo cómo llegó a su casa que ya no era su casa sin su hermano. Lloró durante horas y fue hasta que Mag’Ushar lo despertó por la mañana que la realidad de la muerte de Xaaz’al-Ungul tomó cuerpo y forma. Se había ido. Aunque su cuerpo y su alma se hubieran quemado y los shamanes dijeran que las cenizas lo habrían de llevar a través del viento y lo integrarían con el pasto, las flores y la lluvia de Utgard, la verdad, o al menos la verdad que veía él, era que se había ido. Que estaba solo y roto. Desde ese día, Alzamag no volvería a confiar en nadie. Dehka terminó como prometida del maldito, del cobarde de Gokk. Ellos serían los primeros. Les arrancaría los ojos y la lengua. El imbécil de su abuelo se les uniría después. A él lo cortaría en pedazos y se los daría de comer a los wargos. Ojo por jodido ojo. Le dijeron que era inservible como orco y que la humillación de sus derrotas lo perseguiría mientras viviera entre los Soth-Makar. Pues bien, al carajo la tribu.

            Abandonó la horda a la noche siguiente. Se llevó un escudo y una buena cantidad de ropa. La noche siguiente al rito se metió a la casa de los muertos y robó toda la comida, pulseras y alhajas que pudo. Tomó tierra y ropa de las casas de Mag’Ushar, de Gokk y de Dehka. Hacía unos días les habían informado de otra tribu que se encontraba a unos dos días de camino al oeste. Se iría con ellos. Aunque tuviera que caminar seis, ocho o diez semanas, era mejor que vivir entre hipócritas y traidores. Se haría un nombre. La historia se acordaría de él. Nadie, nunca, en ningún lugar lo volvería a humillar. Puso su mano en un tocón poco antes de alejarse del campamento y sacó un cuchillo. Tal vez no era shamán, pero sabía cómo hacer un jodido maleficio. Puso tres pequeños cuencos que se había robado y puso la tierra que traía consigo en cada uno. Le arrancó los ojos y las vísceras a una rana que pasaba cerca del río y arrojó su cadáver a la corriente, los molió y mezcló la sangre del animal con la suya. Vació la mezcla en partes iguales sobre la tierra de los traidores mientras cantaba a Yog-Sothoth. Tú eres la puerta, la estrella, dijo. Mientras esperaba, hizo unas pequeñas bolsas con la tela que traía consigo y colocó cada uno de los cuencos dentro de ellas. Luego lloró y maldijo, recordó a su hermano Xaaz’al-Ungul y volvió a jurar en su nombre que lo vengaría. Dejó los cuencos debajo de una piedra y siguió su camino.

            Pasaron varios ciclos y las noticias de un extraordinario shamán que se dirigía al oeste con su tribu se regaron por todo Utgard. En la tribu de los Soth-Makar, sin embargo, las cosas fueron de mal en peor. Mag’Ushar fue el primero en caer. Le sobrevino una fiebre potentísima que muchos atribuyeron a su edad. Murió catorce días después de la huida de Alzamag y terminó gritando algo sobre un rey que bajaba. Los shamanes recibieron el mensaje con terror. Aseguraban que se trataba de una profecía y que el viejo jefe de la tribu había enloquecido antes de morir. A Gokk lo alcanzó poco después de su matrimonio con Dehka. Pasaron varios ciclos sin poder procrear, y una mañana amaneció enfermo, azotado por la misma fiebre que se llevara a Mag’Ushar. La maldición de Alzamag se ensañó menos con Dehka. Tal vez fuera por la sonrisa que le dedicó, o tal vez porque fue la única que quiso a los gemelos durante la prueba. A ella también le tocó una fiebre dura, pero no mortal. Dehka sobrevivió al odio de Alzamag y se volvió la primera líder de los Soth-Makar. Esta orca llevaría a su pueblo a la prosperidad, y sus descendientes fundarían unos ciclos después la ciudad de Dor’Anmak.

Alzamag se había vuelto colérico y sometió a varias tribus. Nadie dudaba del poder que poseía y nadie se atrevía a enfrentarlo. Se dirigía al oeste, siempre al oeste, en una carrera frenética hacia el mar, llamado por una tempestad y una cólera que no tenían límite.